Partimos siempre de algún punto, de algún espacio, desde el que nos lanzamos a vivir. Se trata de un acto iniciático más o menos consciente, un ejercicio de voluntad, de decisión, de reafirmación de las ganas de reemprender la vida...
jueves, 25 de marzo de 2010
miércoles, 24 de marzo de 2010
jueves, 18 de marzo de 2010
Contra el pensamiento dominante
La expresión clarificadora, brillante y francotiradora contra el pensamiento dominante --que no único-- de José Vidal-Beneyto:
Algunos artículos: El macabro vodevil de Copenhague; La abominación que no cesa;La dominación sin ideología; El G20, ¿una luz sin sombras?; ‘Berlusco-zysmo’ y democracia; El arma del crimen; ¿Comienza el deshielo?; Corrupción y poder; La ‘federofobia’ en Europa; El socialismo liberal (1, 2, 3, 4 y 5); La perversión de los ideales (1, 2, 3 y 4); Una dramática perversión; La democracia bajo sospecha; Los ‘think-tanks’ y los ‘neocons’ (1); Los ‘think tanks’, miseria de ideas (2); Capitalismo de cruzada; Resistencia crítica (1 y 2); A contra-esperanza; Contra la desbandada de la izquierda (y 5); La izquierda en desbandada (1, 2, 3, 4); El último intelectual; El último intelectual (de izquierdas); De la mundialización a la globofobia; La ética como coartada (1 y 2); El Estado entre lo nacional y lo global; Noticias del caos; Fondos-buitre (2); Más allá del voto; Democracia participativa;Entropía democrática; La ruptura americana de Sarkozy; La privatización de la realidad; La victoria del logo; La derechización del mundo (1, 2, 3 y 4) o Festival mediático.
viernes, 12 de marzo de 2010
Deslenguados...
"La lengua nace del pueblo; que vuelva a él, que se funda con él porque el pueblo es el verdadero dueño de la lengua".
Miguel Delibes
1920-2010
lunes, 8 de marzo de 2010
jueves, 4 de febrero de 2010
¿Europa des-almada?
Entrevista a Edgar Morin
JUAN CRUZ
EL PAÍS 31/01/2010
Es muy estimulante sentarse en la misma mesa que Edgar Morin, el
sociólogo francés, acaso uno de los intelectuales más hondos y agudos
del mundo. Tiene 88 años. Cuando le vimos en su casa de París, a
mediados de enero, rodeado de libros, de apuntes, de objetos de
escritorio, de voluminosos dosieres sobre todos sus saberes y sobre
gran parte de sus preocupaciones, estaba a punto de hacer un viaje a
Brasil. Empezamos hablando de los contrastes que hay entre el
continente al que iba a dirigirse y esta vieja Europa sobre la que
tanto ha reflexionado. Morin fue comunista, resistente, es un
intelectual que tanto ha trabajado sobre el cine como sobre las
migraciones; es un filósofo de la vida cotidiana, un activista
cultural que ha trabajado para la educación en todo el mundo. Algunos
de sus títulos son autobiográficos, como Vidal y los suyos, donde
rescata la memoria de su padre, testigo, como él, de tiempos convulsos
de los que él aprendió “a reír, a llorar, a amar, a comprender”. Con
el autor de La complejidad humana íbamos a hablar de Europa, para qué
sirve.
Pregunta. Se va a Brasil. Como decía Stefan Zwieg, “el país del
futuro, y siempre lo será”. Y aquí estamos hablando de Europa. Ahora
América parece más vital que Europa. ¿Qué le pasa a Europa?
Respuesta. Sí, hay un contraste entre la vitalidad de varios países de
América Latina, y lo que sucede en Europa. Allí hay vitalidad para
plantear los problemas, e incluso para resolverlos, mientras que aquí
todo parece estar en letargo, como si Europa sufriera una esclerosis.
Yo esperaba de Europa un renacimiento, un renacimiento intelectual,
político y social. Y lo que tenemos delante es una regresión que
impide buscar el camino del porvenir.
P. ¿Y qué ha pasado?
R. No debemos olvidar que desde su origen la idea europea, heredada de
la Segunda Guerra Mundial, era la de acabar con el suicidio europeo.
Se hacía una unión para acabar con las guerras. Y el núcleo de esa
idea eran Alemania y Francia, los enemigos principales. Y cuando se
puso de manifiesto la defensa de la unidad, los propios poderes se
resistieron. Los nacionalismos impidieron la construcción de una
especie de confederación. Pero hubo un despegue económico y Europa
hizo su construcción sobre una base económica…
P. Era positivo, al fin y al cabo…
R. Sí, pero empeñó el desarrollo de una comunidad política. Así que
cuando en los últimos años se llegó a la conclusión de que había que
llegar a un acuerdo político, surgieron dos obstáculos. Era muy
difícil integrar a los países que habían sido de la órbita soviética,
cuya economía no estaba al mismo nivel de los países que ya eran
miembros. Eso impidió una adhesión sentimental fuerte de esos países.
Además, la segunda guerra de Irak demostró que había dos mentalidades:
los franceses y los alemanes pensaban que ésta era una guerra idiota,
perversa, pero muchas democracias ex soviéticas pensaban que Estados
Unidos era el liberador de la dictadura de Sadam Husein; tenían una
visión positiva de esta guerra, y nosotros teníamos una visión
negativa.
P. Y esto hace que hoy tengamos dificultades para hacer una política común.
R. No hay más que verlo. Ante la cuestión de Israel y Palestina, así
como sobre todas las cuestiones mundiales, la impotencia de la Europa
política y militar es absoluta. La guerra de Yugoslavia acabó con la
intervención de EE UU; la cuestión de Kosovo se arregló más o menos
bien con la intervención norteamericana… Eso significa la impotencia
total de la Europa política, y esto es un fracaso. Así que ahí tenemos
a Europa: un éxito económico, un fracaso político.
P. Al que contribuye la desintegración de la izquierda.
R. Había una cultura, la cultura socialista, la cultura comunista, que
en cierto modo era la continuación de la cultura de la Revolución
Francesa: igualdad, hermandad, solidaridad… La laicidad social, la
idea republicana de la educación. Había en Europa, con esos partidos
de izquierda, un pueblo de obreros, de campesinos, de intelectuales,
que se sentía de izquierdas. Pero ahora se ha desintegrado la cultura
de la izquierda. Y esto es una crisis terrible porque pone de
manifiesto la falta de renovación de un pensamiento que diagnostique
los tiempos actuales. Yo hice un libro, Política de civilización, con
el objeto de ofrecer datos para un nuevo contenido de la izquierda,
pero los partidos están ocupados en otras cosas.
P. ¿A qué da lugar este fracaso de la izquierda?
R. Esta crisis permite el éxito de Berlusconi o de Sarkozy… Pero si
hay una izquierda con vitalidad, todavía, ésa es la que hay en España…
A mí Zapatero me ha parecido un hombre muy valioso, pero temo que la
crisis haga pagar al Partido Socialista. Vamos a ver qué ocurre.
P. Usted dijo, en noviembre, en Madrid, que se sentía pesioptimista en
relación con lo que sucede en el mundo. Y Felipe González utilizó su
expresión para referirse a la situación europea… ¿Qué pesa más en
usted, el pesimismo o el optimismo?
R. La impresión que tengo es que, para buscar soluciones a lo que
sucede, encuentro mentes más dispuestas en América Latina que en
Europa. Pero no siento que esto refleje, por mi parte, una
desesperación. En mi concepción de la vida conviven lo probable con lo
improbable. Lo improbable ocurrió en la historia, y hay que esperarlo.
Hasta ahora Europa no ha producido una política común con respecto a
los problemas ecológicos de la biosfera, pero existe la posibilidad de
que lo haga. Con respecto a los países del Sur, Europa se manifiesta
como demasiado egoísta. Pero puede haber síntomas invisibles de
cambio… Hay ciudades en las que la sociedad civil trabaja para la
renovación, como Viena, Friburgo o Heidelberg… Hay en Europa muchas
cosas positivas, pero no tienen conexión unas con otras.
P. Publicó usted en Le Monde y EL PAÍS una especie de manifiesto,
Metamorfosis, en el que cifraba sus esperanzas de cambio. ¿Cómo debe
manifestarse esa esperanza en Europa?
R. Esa esperanza se cifra en que Europa se despierte. Pero está más
sonámbula que despierta. Claro que puede llegar un día un presidente
que tome la iniciativa; y por supuesto que hay que tener en cuenta que
en Estrasburgo también se toman decisiones positivas. Yo no puedo
exagerar mi optimismo; me quedo con la idea de que la situación no es
positiva, pero no se pueden eliminar las posibilidades buenas.
P. En 1987, su idea era que Europa fuera la catalizadora de un
concepto cuyo único enemigo era la desunión. Pero ahora prosperan los
particularismos.
R. Sí, es evidente que hay muchas regresiones nacionalistas. Mire lo
que sucede en Holanda, que era un país de tradicional tolerancia. ¡Ahí
se ha producido una reacción nacionalista terrible! Y observe lo que
sucede en Francia con los inmigrantes sin papeles. ¡Eso no podía
ocurrir en el pasado! Aquí ha habido una tradición de hospitalidad,
que no era puramente política, con los inmigrantes. ¡Ahora no se les
considera como personas! Los factores más regresivos de Europa tienen
que ver con la cerrazón étnica, nacionalista y religiosa. Mire lo de
Suiza, con la prohibición de los minaretes, ¡como si fueran un
peligro!
P. Así se presenta el islam.
R. Y aquí hay islam. Hay un islam europeo. Hay un islam europeo en
Alemania, con los turcos; hay un islam europeo muy antiguo en
Bosnia-Herzegovina y Kosovo, y todos esos países que eran del antiguo
imperio turco… En España hubo un islam durante ocho siglos, y también
lo hubo en Europa, con la dominación turca… Así que hay un islam
europeo. ¿Qué sentido, pues, tiene no reconocer a Turquía? Mucha de la
resistencia proviene de la idea de que Europa es algo así como una
propiedad del cristianismo… La democracia no es cristiana: viene de
los griegos; la ciencia no es cristiana; la técnica no es cristiana;
la Europa moderna no es cristiana. La idea de laicidad se encuentra en
otras civilizaciones. Así que creo que la idea de hacer de Europa como
una ciudadela cristiana es una idea equivocada.
P. ¿Y este rechazo a abrirse a otros es señal de una debilidad?
R. Creo que esa dificultad de integración viene sobre todo de la
pérdida de un sentido de la seguridad mundial que radicaba en el
progreso como ley de la historia. Pero desde que cayó el Muro y
fracasó la Unión Soviética, esa ley típicamente europea se mundializó,
llegó la crisis occidental, se produjo una gradación de los peligros,
y el futuro se convierte en incertidumbre. Es el miedo del futuro. Y
cuando no hay más futuro que el presente, el presente se convierte en
un tiempo de peligro. Y se produce una regresión al pasado, a las
raíces de la identidad religiosa, entre otras. Y ahí entra el miedo a
los negros, a los asiáticos, el viejo miedo casi racista a perder la
pureza de la identidad…
P. ¿Cree usted que el alma de Europa se está volviendo mezquina?
R. El alma verdadera de Europa es la problematización, la existencia
de una mente crítica y autocrítica. Viene del Renacimiento, de
Montaigne… El alma de Europa es problematizar, interrogar: no quedarse
nunca dormida. Toda la historia del pensamiento europeo es una
búsqueda de verdad, una pesquisa ininterrumpida de la verdad. Y el
alma de Europa se encuentra, a partir del siglo XVIII, en las mujeres,
en la música y en la poesía, porque el mundo varonil se concentra en
la guerra, en la economía, en la conquista del poder material. Y lo
mejor de Europa se queda en las mujeres que, como aristócratas o
burguesas, tienen sus salones y ahí favorecen a los poetas, a los
músicos. Pienso que el alma de Europa se ve, a partir de ese siglo
XVIII, en poetas como Shelley, Novalis, Hölderlin, Rimbaud, entre los
escritores y, entre los músicos, Beethoven, Mozart, Schuman… Ésa es el
alma de Europa.
P. Pero ese espíritu está flotando por ahí…
R. Sí, por supuesto. Pero no olvidemos que para revitalizar se
necesita un poco más de feminidad, de poesía, un poco más de arte. Hay
que tener entusiasmo, razones para reiniciar una esperanza colectiva
en los jóvenes, en las mujeres, en los hombres… Hay un montón de
buenas voluntades, pero la buena voluntad sin esperanza queda
desocupada. Y esa desocupación de la buena voluntad genera
desesperación ante la barbarie.
P. ¿Cree usted que estamos en un momento de fracaso de la idea de Europa?
R. Estamos en un momento de fracaso de la ambición política y
cultural, pero ante un cierto éxito económico y de las mentalidades.
Porque antes había un gran desprecio de los franceses hacia los
alemanes, y viceversa; y una visión estereotipada de los franceses
hacia los italianos, del mismo modo que había visión de los españoles
como gente que siempre andaba tocando castañuelas… Ya no existe una
actitud belicosa o agresiva entre los europeos; curiosamente, esa
actitud belicosa se da ahora contra los magrebíes, africanos y otros…
Pero entre europeos ya es otra cosa. Así que no es un fracaso total.
P. Quedan todavía elementos de utopía.
R. Utopía… Antes de la Segunda Guerra Mundial, la utopía era hacer una
Europa común; para que se hiciera fue necesario arrostrar un peligro
muy grande. Ahora ya ve lo que ha pasado en Copenhague, en la cumbre
del clima: no se ha avanzado quizá porque los políticos no han visto
aún un peligro demasiado fuerte. Parece como que, si no hay riesgos,
no se reacciona…
P. Curioso que sean los peligros los que obliguen a las soluciones…
R. Es lo que decía el poeta Hölderlin: “Donde crece el peligro crece
también la salvación”.
JUAN CRUZ
EL PAÍS 31/01/2010
Es muy estimulante sentarse en la misma mesa que Edgar Morin, el
sociólogo francés, acaso uno de los intelectuales más hondos y agudos
del mundo. Tiene 88 años. Cuando le vimos en su casa de París, a
mediados de enero, rodeado de libros, de apuntes, de objetos de
escritorio, de voluminosos dosieres sobre todos sus saberes y sobre
gran parte de sus preocupaciones, estaba a punto de hacer un viaje a
Brasil. Empezamos hablando de los contrastes que hay entre el
continente al que iba a dirigirse y esta vieja Europa sobre la que
tanto ha reflexionado. Morin fue comunista, resistente, es un
intelectual que tanto ha trabajado sobre el cine como sobre las
migraciones; es un filósofo de la vida cotidiana, un activista
cultural que ha trabajado para la educación en todo el mundo. Algunos
de sus títulos son autobiográficos, como Vidal y los suyos, donde
rescata la memoria de su padre, testigo, como él, de tiempos convulsos
de los que él aprendió “a reír, a llorar, a amar, a comprender”. Con
el autor de La complejidad humana íbamos a hablar de Europa, para qué
sirve.
Pregunta. Se va a Brasil. Como decía Stefan Zwieg, “el país del
futuro, y siempre lo será”. Y aquí estamos hablando de Europa. Ahora
América parece más vital que Europa. ¿Qué le pasa a Europa?
Respuesta. Sí, hay un contraste entre la vitalidad de varios países de
América Latina, y lo que sucede en Europa. Allí hay vitalidad para
plantear los problemas, e incluso para resolverlos, mientras que aquí
todo parece estar en letargo, como si Europa sufriera una esclerosis.
Yo esperaba de Europa un renacimiento, un renacimiento intelectual,
político y social. Y lo que tenemos delante es una regresión que
impide buscar el camino del porvenir.
P. ¿Y qué ha pasado?
R. No debemos olvidar que desde su origen la idea europea, heredada de
la Segunda Guerra Mundial, era la de acabar con el suicidio europeo.
Se hacía una unión para acabar con las guerras. Y el núcleo de esa
idea eran Alemania y Francia, los enemigos principales. Y cuando se
puso de manifiesto la defensa de la unidad, los propios poderes se
resistieron. Los nacionalismos impidieron la construcción de una
especie de confederación. Pero hubo un despegue económico y Europa
hizo su construcción sobre una base económica…
P. Era positivo, al fin y al cabo…
R. Sí, pero empeñó el desarrollo de una comunidad política. Así que
cuando en los últimos años se llegó a la conclusión de que había que
llegar a un acuerdo político, surgieron dos obstáculos. Era muy
difícil integrar a los países que habían sido de la órbita soviética,
cuya economía no estaba al mismo nivel de los países que ya eran
miembros. Eso impidió una adhesión sentimental fuerte de esos países.
Además, la segunda guerra de Irak demostró que había dos mentalidades:
los franceses y los alemanes pensaban que ésta era una guerra idiota,
perversa, pero muchas democracias ex soviéticas pensaban que Estados
Unidos era el liberador de la dictadura de Sadam Husein; tenían una
visión positiva de esta guerra, y nosotros teníamos una visión
negativa.
P. Y esto hace que hoy tengamos dificultades para hacer una política común.
R. No hay más que verlo. Ante la cuestión de Israel y Palestina, así
como sobre todas las cuestiones mundiales, la impotencia de la Europa
política y militar es absoluta. La guerra de Yugoslavia acabó con la
intervención de EE UU; la cuestión de Kosovo se arregló más o menos
bien con la intervención norteamericana… Eso significa la impotencia
total de la Europa política, y esto es un fracaso. Así que ahí tenemos
a Europa: un éxito económico, un fracaso político.
P. Al que contribuye la desintegración de la izquierda.
R. Había una cultura, la cultura socialista, la cultura comunista, que
en cierto modo era la continuación de la cultura de la Revolución
Francesa: igualdad, hermandad, solidaridad… La laicidad social, la
idea republicana de la educación. Había en Europa, con esos partidos
de izquierda, un pueblo de obreros, de campesinos, de intelectuales,
que se sentía de izquierdas. Pero ahora se ha desintegrado la cultura
de la izquierda. Y esto es una crisis terrible porque pone de
manifiesto la falta de renovación de un pensamiento que diagnostique
los tiempos actuales. Yo hice un libro, Política de civilización, con
el objeto de ofrecer datos para un nuevo contenido de la izquierda,
pero los partidos están ocupados en otras cosas.
P. ¿A qué da lugar este fracaso de la izquierda?
R. Esta crisis permite el éxito de Berlusconi o de Sarkozy… Pero si
hay una izquierda con vitalidad, todavía, ésa es la que hay en España…
A mí Zapatero me ha parecido un hombre muy valioso, pero temo que la
crisis haga pagar al Partido Socialista. Vamos a ver qué ocurre.
P. Usted dijo, en noviembre, en Madrid, que se sentía pesioptimista en
relación con lo que sucede en el mundo. Y Felipe González utilizó su
expresión para referirse a la situación europea… ¿Qué pesa más en
usted, el pesimismo o el optimismo?
R. La impresión que tengo es que, para buscar soluciones a lo que
sucede, encuentro mentes más dispuestas en América Latina que en
Europa. Pero no siento que esto refleje, por mi parte, una
desesperación. En mi concepción de la vida conviven lo probable con lo
improbable. Lo improbable ocurrió en la historia, y hay que esperarlo.
Hasta ahora Europa no ha producido una política común con respecto a
los problemas ecológicos de la biosfera, pero existe la posibilidad de
que lo haga. Con respecto a los países del Sur, Europa se manifiesta
como demasiado egoísta. Pero puede haber síntomas invisibles de
cambio… Hay ciudades en las que la sociedad civil trabaja para la
renovación, como Viena, Friburgo o Heidelberg… Hay en Europa muchas
cosas positivas, pero no tienen conexión unas con otras.
P. Publicó usted en Le Monde y EL PAÍS una especie de manifiesto,
Metamorfosis, en el que cifraba sus esperanzas de cambio. ¿Cómo debe
manifestarse esa esperanza en Europa?
R. Esa esperanza se cifra en que Europa se despierte. Pero está más
sonámbula que despierta. Claro que puede llegar un día un presidente
que tome la iniciativa; y por supuesto que hay que tener en cuenta que
en Estrasburgo también se toman decisiones positivas. Yo no puedo
exagerar mi optimismo; me quedo con la idea de que la situación no es
positiva, pero no se pueden eliminar las posibilidades buenas.
P. En 1987, su idea era que Europa fuera la catalizadora de un
concepto cuyo único enemigo era la desunión. Pero ahora prosperan los
particularismos.
R. Sí, es evidente que hay muchas regresiones nacionalistas. Mire lo
que sucede en Holanda, que era un país de tradicional tolerancia. ¡Ahí
se ha producido una reacción nacionalista terrible! Y observe lo que
sucede en Francia con los inmigrantes sin papeles. ¡Eso no podía
ocurrir en el pasado! Aquí ha habido una tradición de hospitalidad,
que no era puramente política, con los inmigrantes. ¡Ahora no se les
considera como personas! Los factores más regresivos de Europa tienen
que ver con la cerrazón étnica, nacionalista y religiosa. Mire lo de
Suiza, con la prohibición de los minaretes, ¡como si fueran un
peligro!
P. Así se presenta el islam.
R. Y aquí hay islam. Hay un islam europeo. Hay un islam europeo en
Alemania, con los turcos; hay un islam europeo muy antiguo en
Bosnia-Herzegovina y Kosovo, y todos esos países que eran del antiguo
imperio turco… En España hubo un islam durante ocho siglos, y también
lo hubo en Europa, con la dominación turca… Así que hay un islam
europeo. ¿Qué sentido, pues, tiene no reconocer a Turquía? Mucha de la
resistencia proviene de la idea de que Europa es algo así como una
propiedad del cristianismo… La democracia no es cristiana: viene de
los griegos; la ciencia no es cristiana; la técnica no es cristiana;
la Europa moderna no es cristiana. La idea de laicidad se encuentra en
otras civilizaciones. Así que creo que la idea de hacer de Europa como
una ciudadela cristiana es una idea equivocada.
P. ¿Y este rechazo a abrirse a otros es señal de una debilidad?
R. Creo que esa dificultad de integración viene sobre todo de la
pérdida de un sentido de la seguridad mundial que radicaba en el
progreso como ley de la historia. Pero desde que cayó el Muro y
fracasó la Unión Soviética, esa ley típicamente europea se mundializó,
llegó la crisis occidental, se produjo una gradación de los peligros,
y el futuro se convierte en incertidumbre. Es el miedo del futuro. Y
cuando no hay más futuro que el presente, el presente se convierte en
un tiempo de peligro. Y se produce una regresión al pasado, a las
raíces de la identidad religiosa, entre otras. Y ahí entra el miedo a
los negros, a los asiáticos, el viejo miedo casi racista a perder la
pureza de la identidad…
P. ¿Cree usted que el alma de Europa se está volviendo mezquina?
R. El alma verdadera de Europa es la problematización, la existencia
de una mente crítica y autocrítica. Viene del Renacimiento, de
Montaigne… El alma de Europa es problematizar, interrogar: no quedarse
nunca dormida. Toda la historia del pensamiento europeo es una
búsqueda de verdad, una pesquisa ininterrumpida de la verdad. Y el
alma de Europa se encuentra, a partir del siglo XVIII, en las mujeres,
en la música y en la poesía, porque el mundo varonil se concentra en
la guerra, en la economía, en la conquista del poder material. Y lo
mejor de Europa se queda en las mujeres que, como aristócratas o
burguesas, tienen sus salones y ahí favorecen a los poetas, a los
músicos. Pienso que el alma de Europa se ve, a partir de ese siglo
XVIII, en poetas como Shelley, Novalis, Hölderlin, Rimbaud, entre los
escritores y, entre los músicos, Beethoven, Mozart, Schuman… Ésa es el
alma de Europa.
P. Pero ese espíritu está flotando por ahí…
R. Sí, por supuesto. Pero no olvidemos que para revitalizar se
necesita un poco más de feminidad, de poesía, un poco más de arte. Hay
que tener entusiasmo, razones para reiniciar una esperanza colectiva
en los jóvenes, en las mujeres, en los hombres… Hay un montón de
buenas voluntades, pero la buena voluntad sin esperanza queda
desocupada. Y esa desocupación de la buena voluntad genera
desesperación ante la barbarie.
P. ¿Cree usted que estamos en un momento de fracaso de la idea de Europa?
R. Estamos en un momento de fracaso de la ambición política y
cultural, pero ante un cierto éxito económico y de las mentalidades.
Porque antes había un gran desprecio de los franceses hacia los
alemanes, y viceversa; y una visión estereotipada de los franceses
hacia los italianos, del mismo modo que había visión de los españoles
como gente que siempre andaba tocando castañuelas… Ya no existe una
actitud belicosa o agresiva entre los europeos; curiosamente, esa
actitud belicosa se da ahora contra los magrebíes, africanos y otros…
Pero entre europeos ya es otra cosa. Así que no es un fracaso total.
P. Quedan todavía elementos de utopía.
R. Utopía… Antes de la Segunda Guerra Mundial, la utopía era hacer una
Europa común; para que se hiciera fue necesario arrostrar un peligro
muy grande. Ahora ya ve lo que ha pasado en Copenhague, en la cumbre
del clima: no se ha avanzado quizá porque los políticos no han visto
aún un peligro demasiado fuerte. Parece como que, si no hay riesgos,
no se reacciona…
P. Curioso que sean los peligros los que obliguen a las soluciones…
R. Es lo que decía el poeta Hölderlin: “Donde crece el peligro crece
también la salvación”.
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viernes, 29 de enero de 2010
La escuela debe tratar bien a los vencidos
El Periódico 27/1/2010 François Dubet : «La escuela debe tratar bien a los vencidos»
François Dubet. Foto: ELISENDA PONS
Este experto en educación, uno de los más respetados en Francia, dice que el modelo escolar confeccionado a la medida de la nación se agota. La inmigración invita al ‘rediseño’.
NÚRIA NAVARRO
Este sociólogo sostiene que la escuela ha logrado ser democrática pero le falta ser justa. Y en esa lucha anda. François Dubet (Périgueux, 1946), director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, es autor de ensayos que han sacudido el sistema francés, como ‘La escuela de las oportunidades’ y ‘El declive de la institución’, publicados en castellano por Gedisa.
–Ha cambiado el paisaje en las aulas. Y a veces amenaza tormenta.
–Las escuelas están diseñadas a la medida de la nación. Pretenden formar buenos franceses, italianos o catalanes. Pero las cosas han cambiado. Urge construir programas para que todos puedan realizarlos.
–La atonía de algunos puede frenar el progreso de los otros, ¿no cree?
–Una escuela justa no es aquella que fabrica vencedores que tienen méritos, sino la que trata bien a los vencidos que no los tienen. Ellos poseen tantos valores humanos y sociales como los otros.
–Los exámenes no los evalúan.
–Yo soy partidario de no seleccionar a los alumnos hasta los 16 años. Hay que crear unidad. Luego ya empezará el combate. Porque si se comienza demasiado pronto, habrá una minoría excelente y una inmensa mayoría excluida.
–Buscar la excelencia no parece un mal propósito.
–Pero nunca se habla del 20 o el 30% de gente completamente incompetente. Si para producir un Albert Einstein o un Rafa Nadal hace falta que haya miles de cadáveres escolares, quizá es mejor que no se produzcan... La búsqueda de la élite ha causado en Francia una débil confianza en las instituciones y una baja estima en los alumnos. Y es a la élite a la que le interesa que eso ocurra.
–Eso, en el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad...
–La escuela es ahora mejor que hace 50 años, cuando la entrada de mujeres, campesinos y obreros estaba vetada. Pero no se tiene en cuenta la realidad de las aulas. Por ejemplo, en 1970 la escuela pasó a ser mixta, la adolescencia y su revolución hormonal entraron en los centros, pero nadie previó hasta qué punto eso cambiaría las cosas.
–A la mezcla de sexos se suma ahora la diversidad de culturas.
–La escuela del siglo XXI debe ser común, eficaz en términos económicos –si los alumnos sienten que el diploma no les sirve, dejarán de ir–, y cumplir una función moral: formar individuos generosos y abiertos.
–¿Existe ya algún modelo que reúna tanta virtud?
–La escuela escandinava no está mal. Los niños van contentos, tiene un buen nivel y más igualdad. ¿El secreto? En los países protestantes el maestro no es el sucesor del cura.
–¿Qué quiere usted decir?
–Los países en los que el sistema educativo falla son aquellos que tienen una relación teológica con la escuela. Al ser una institución creada por la iglesia, creemos que tiene un deber sagrado: salvar el mundo.
–¿No exagera un poco?
–No. Esperamos que la escuela fabrique igualdad de oportunidades, determine la competencia del individuo, reemplace a la familia, integre a las minorías. ¡Eso no es razonable! Prestaríamos un gran servicio a la escuela no esperando de ella que arregle todos los problemas sociales.
–Algunos los puede suavizar.
–En Francia todo pasa como si hubiéramos renunciado a reducir las desigualdades sociales. Nos conformamos con decir: «Gracias a la escuela, los pobres podrán volverse ricos». ¡Es falso! Primero, porque los pobres se desenvuelven peor en la escuela, y segundo, porque los ricos no están dispuestos a cederles el puesto.
–Lo justo sería que mandara el mérito. Pero usted no está de acuerdo.
–Lo que no es justo es que las notas definan todos los méritos escolares. La escuela se concentra en el primero en matemáticas, pero se desentiende del amable, que socialmente resulta muy útil. ¡Eso es un regalo para las clases acomodadas! Además, desde la perspectiva del individuo, el mérito es muy violento.
–¿Violento en qué sentido?
–Hace 50 años un niño obrero podía decir: «No he tenido éxito en la escuela por culpa del sistema capitalista y burgués». Hoy la escuela meritocrática le condena a decir: «Si no he tenido éxito en la escuela es porque soy nulo». Y eso lo vuelve violento contra los educadores, y aumenta el absentismo.
–Y encima hay crisis de autoridad.
–Cada alumno debe percibir su centro como una comunidad política en la que existe una ley y esa ley se debe respetar. Por su parte, los profesores deben estar presentes.
–Los que, a veces, no lo están son los padres.
–Hay voces que reclaman la vuelta al hogar de la mujer, pero eso no pasará. Por tanto, la escuela debe acoger, hacer sentir al niño que en ella se hace más inteligente y más libre. El problema, insisto, es que el objetivo es tener éxito en la competición...
–Las escuelas están diseñadas a la medida de la nación. Pretenden formar buenos franceses, italianos o catalanes. Pero las cosas han cambiado. Urge construir programas para que todos puedan realizarlos.
–La atonía de algunos puede frenar el progreso de los otros, ¿no cree?
–Una escuela justa no es aquella que fabrica vencedores que tienen méritos, sino la que trata bien a los vencidos que no los tienen. Ellos poseen tantos valores humanos y sociales como los otros.
–Los exámenes no los evalúan.
–Yo soy partidario de no seleccionar a los alumnos hasta los 16 años. Hay que crear unidad. Luego ya empezará el combate. Porque si se comienza demasiado pronto, habrá una minoría excelente y una inmensa mayoría excluida.
–Buscar la excelencia no parece un mal propósito.
–Pero nunca se habla del 20 o el 30% de gente completamente incompetente. Si para producir un Albert Einstein o un Rafa Nadal hace falta que haya miles de cadáveres escolares, quizá es mejor que no se produzcan... La búsqueda de la élite ha causado en Francia una débil confianza en las instituciones y una baja estima en los alumnos. Y es a la élite a la que le interesa que eso ocurra.
–Eso, en el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad...
–La escuela es ahora mejor que hace 50 años, cuando la entrada de mujeres, campesinos y obreros estaba vetada. Pero no se tiene en cuenta la realidad de las aulas. Por ejemplo, en 1970 la escuela pasó a ser mixta, la adolescencia y su revolución hormonal entraron en los centros, pero nadie previó hasta qué punto eso cambiaría las cosas.
–A la mezcla de sexos se suma ahora la diversidad de culturas.
–La escuela del siglo XXI debe ser común, eficaz en términos económicos –si los alumnos sienten que el diploma no les sirve, dejarán de ir–, y cumplir una función moral: formar individuos generosos y abiertos.
–¿Existe ya algún modelo que reúna tanta virtud?
–La escuela escandinava no está mal. Los niños van contentos, tiene un buen nivel y más igualdad. ¿El secreto? En los países protestantes el maestro no es el sucesor del cura.
–¿Qué quiere usted decir?
–Los países en los que el sistema educativo falla son aquellos que tienen una relación teológica con la escuela. Al ser una institución creada por la iglesia, creemos que tiene un deber sagrado: salvar el mundo.
–¿No exagera un poco?
–No. Esperamos que la escuela fabrique igualdad de oportunidades, determine la competencia del individuo, reemplace a la familia, integre a las minorías. ¡Eso no es razonable! Prestaríamos un gran servicio a la escuela no esperando de ella que arregle todos los problemas sociales.
–Algunos los puede suavizar.
–En Francia todo pasa como si hubiéramos renunciado a reducir las desigualdades sociales. Nos conformamos con decir: «Gracias a la escuela, los pobres podrán volverse ricos». ¡Es falso! Primero, porque los pobres se desenvuelven peor en la escuela, y segundo, porque los ricos no están dispuestos a cederles el puesto.
–Lo justo sería que mandara el mérito. Pero usted no está de acuerdo.
–Lo que no es justo es que las notas definan todos los méritos escolares. La escuela se concentra en el primero en matemáticas, pero se desentiende del amable, que socialmente resulta muy útil. ¡Eso es un regalo para las clases acomodadas! Además, desde la perspectiva del individuo, el mérito es muy violento.
–¿Violento en qué sentido?
–Hace 50 años un niño obrero podía decir: «No he tenido éxito en la escuela por culpa del sistema capitalista y burgués». Hoy la escuela meritocrática le condena a decir: «Si no he tenido éxito en la escuela es porque soy nulo». Y eso lo vuelve violento contra los educadores, y aumenta el absentismo.
–Y encima hay crisis de autoridad.
–Cada alumno debe percibir su centro como una comunidad política en la que existe una ley y esa ley se debe respetar. Por su parte, los profesores deben estar presentes.
–Los que, a veces, no lo están son los padres.
–Hay voces que reclaman la vuelta al hogar de la mujer, pero eso no pasará. Por tanto, la escuela debe acoger, hacer sentir al niño que en ella se hace más inteligente y más libre. El problema, insisto, es que el objetivo es tener éxito en la competición...
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