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sábado, 23 de octubre de 2010

Mujeres que renacen en su encuentro


El canto de cigarras caluroso
inundaba las horas de la tarde
mezclado con el río que sonaba
y hablaba de esas cosas del pensar.

El aire desprendía ese aroma
fundido en el fruto de una higuera
morada del color, fruto maduro,
las brevas por los suelos que alimentan
de muerte esa otra vida por venir.

El árbol de la vida del origen,
el árbol de la ciencia primigenio
escrito en otro libro de memorias,
relatos tan antiguos como el mundo
que leemos leyendo cuanto está
escrito previamente en esta tierra,
el lecho de los ríos, tan sonoro,
el lecho de la tierra como en casa,
el aire perfumado por la higuera,
el aire de este aire tan repleto
de un canto de cigarras pertinaz,
los sueños que se sueñan descansados,
los sueños que imaginan mil momentos,
los sueños  en los sueños que se ensueñan
en las ensoñaciones cotidianas,
las lágrimas en lágrimas vertidas
en el río, los ríos de las lágrimas
vertidas por los ríos de este mundo,
las lágrimas que viajan y se buscan
en lágrimas de caras conocidas,
las lágrimas de Ceres reencontradas
con su hija ProserpinA otra vez...

viernes, 10 de septiembre de 2010

El futuro es mujer

Imagen de Joanna Nieto:
versión de una Proserpina (Perséfone) de Rossetti

Como cada atardecer la joven PrOsErpInA había ido a bañarse en aquellas aguas adonde jugaba y recogía flores.

De repente una especie de dios enfurecido se materializó entre las cenizas anaranjadas de las inmensas nubes y con gesto antiguo de demiúrgico gigante extrajo su paleta de pintor y empezó a teñir el aire todo salpicando con su pincel como si se tratase de un volcán en erupción.

Al rato aquel dios se estremeció de ver la pátina de la cósmica belleza representada en aquella pintura. Le era imposible cerrar sus ojos, aunque le dolían, le dolían enloquecidos cautivados del placer provocado por su mirada. Entonces, sin poder,querer, saber perder ni un solo instante, aquel dios decidió descender en su carro desbocado hacia la mujer que miraba hacia el cielo, impelido con toda la velocidad del viento, agitado con toda la violencia de la tempestad, sin dejar de atizar sin cuartel sus cuatro caballos blancos negros grises rojos... y entonces el cielo se oscureció.

Pero ella no se quedó quieta, a pesar de que por un momento también estuvo a punto de detenerse extasiada por aquel espectáculo pictórico sublime. Ella cogió en sus manos su mágico cristal y quiso capturar con destellos instantáneos los cuadros que pintaba, que había pintado aquel dios.

Ahora, que cuelga esos cuadros y los comparte, no sabe, no recuerda, no puede recordar si, mientras llevaba a cabo el raudo ejercicio de su titánica tarea, si en aquel lapso de tiempo se oía una música, pero le parece que sí, que necesariamente tenía que haberse oído, tenía que haber sonado, para llegar a armonizar lo que ocurría y lo que ocurre.

En todo caso comerá seis semillas de granada y una flor de jazmín, para asegurarse así de que la naturaleza va a conservar sus colores y va a seguir dándose la secuencia de las estaciones.